Arriba del escenario, pegada a Liliana Dauness, Mónica Ferreyra se dobló de dolor y se abrazó a la primera que tenía a su lado. En el medio de su remera blanca se veía una carita y la leyenda “Justicia por Araceli”, Araceli Fulles, su hija. Dauness leía el documento consensuado por las organizadoras de la marcha y acababa de recordar a la multitud que fueron las organizaciones sociales las que buscaron a la joven y que fueron las mujeres las que detuvieron al femicida. No el Estado, que terminó implicado. Abajo, alrededor del escenario, el impacto se dibujó en lágrimas y labios mordidos. La escena, además de conmovedora, fue una buena síntesis y metáfora de los motivos y las pulsiones que empujaron esta tercera ola de mujeres y de reclamos feministas. Porque se marchó contra la violencia machista, que estaba dibujada en todas las fotos, en todas las pancartas y remeras, en todos los rostros con nombre y apellido que son los rostros de las víctimas, y en todos los rostros anónimos que fueron y son los rostros de todas las mujeres que se saben en peligro. Se marchó para responsabilizar al Estado por su ausencia en las medidas y programas de protección a las mujeres, y su presencia con represión a las militantes feministas. La tercera marcha convocada por el Colectivo Ni Una Menos y organizada por una diversidad de organizaciones de mujeres, travestis, lesbianas y bisexuales esta vez tomó la calle, como multitud, un sábado.
La convocatoria estaba fijada para las cuatro de la tarde, para marchar desde el Congreso y terminar en Plaza de Mayo, donde en un escenario móvil que daba la espalda a la Casa de Gobierno, la locutora Liliana Dauness y la madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Nora Cortiñas, leerían un extenso documento. Pero desde el mediodía, una radio abierta y diversos talleres sobre aborto, amor romántico, violencia machista y otras temáticas de género, prepararon el ambiente y avanzaban sobre la línea marcada: tomar la calle.
Es difícil determinar la cantidad de participantes, pero como medida, cuando Dauness llevaba unos cuarenta minutos de lectura del documento, llegaban a Plaza de Mayo las últimas columnas que habían partido desde el Congreso.
En la cabeza de la marcha, un enorme cartel con el texto “Ni una menos. Vivas y libres nos queremos”, atravesaba de vereda a vereda la avenida de Mayo y era sostenida por una representante de cada una de las organizaciones que habían tejido y consensuado, asamblea tras asamblea, los motivos y la estructura de la marcha. Para dar una idea de la horizontalidad de la organización, los lugares a lo largo de la columna fueron distribuidos por sorteo, mientras que en la cabeza todas las participantes tendrían su representación. Detrás de la cabecera, una cada vez más nutrida militancia de la Campaña Nacional por el Aborto legal, seguro y gratuito, con sus banderas y sus ya impuestos pañuelos verdes. Después siguió el resto de las columnas, incluyendo al propio colectivo convocante Ni Una Menos.
La cabecera quedó situada pasando San José, ya que las calles que rodean la plaza Congreso habían quedado desbordadas.
Desde allí hacia avenida de Mayo, una nutrida multitud deambulaba, rodeaba a los grupos de artistas que desarrollaban sus intervenciones sobre el asfalto (fueron varios los grupos de teatro que produjeron lo suyo), y buscaban alcanzar un lugar en la Plaza de Mayo, o alrededor del escenario o a la altura del inicio de la plaza, en el Cabildo, para recibir a la columna.
Era difícil en el recorrido encontrar a alguien sin su cartel, sin su pintura sobre la ropa o el cuerpo. Pero un pequeño grupo del Colegio de Sociólogos porteños y del Consejo nacional llevaba unas pancartas en las que se leían, cómo no, estadísticas que denunciaban, por ejemplo, que el 96,4 por ciento de las víctimas de violencia de género habían denunciado violencia psicológica.
Entre los grupos de teatro que aprovechaban el espacio todavía libre de la avenida de Mayo, las Magdalenas, un grupo de laboratorio e intervención teatral, representaba a mujeres comunes, que se desprendían desde el público y que caían fulminadas hasta que tomaban la calle, literalmente la caminaban, y apoyándose unas a otras se defendían de volver a ser víctimas.
Esta Ni Una Menos, por algún motivo que el tiempo quizás revele, mostró una mayor presencia varonil, y buena cantidad de mujeres y hombres mayores. También hubo una notoria presencia estudiantil, especialmente de secundarios. Entre los carteles visibles, marchó el del Centro de Estudiantes del Ilse, Cilse. El sábado, dejó su marca: mover semejante multitud un fin de semana señala una militancia que excede por lejos las estructuras y organizaciones.
Poco antes de las seis de la tarde, la cabecera dio su primer paso. Empezaron entonces a circular los cánticos que preanunciaban la lectura del documento: a los ya instalados como “Alerta que camina, la lucha feminista por América Latina” o “Aborto legal para no morir / anticonceptivos para no abortar”; otros que aplicaban toda su dureza sobre el gobierno: “¡Macri, basura, vos sos la dictadura!”, se escuchaba gritar y cantar a la columna mientras avanzaba por avenida de Mayo.
En la cabecera de la marcha, Nora Cortiñas marcaba el paso tomada a la pancarta central. Aferrada a uno de los bordes del cartel, Francesca Mata, salvadoreña, marchaba en representación del Bloque de Trabajadorxs migrantes. Los reclamos de las migrantes, anulación del DNU que recortó hasta el extremo sus derechos y garantías, formaron parte del documento que, al cierre, leerían Dauness y Cortiñas.
Pasadas las seis de la tarde, la columna llegó a la Plaza de Mayo, al grito de Ni una menos, vivas y libres nos queremos. Detrás, los carteles por la libertad de Milagro Sala, presa por orden de Gerardo Morales desde hace más de 500 días, y de Higui, cuya historia empezó a dar vuelta en los medios a partir de la movilización de las mujeres en noviembre pasado (la intentaron violar por lesbiana y fue detenida por defenderse y matar a uno de sus agresores).
A las 18.38 Liliana Dauness comenzó a leer el extenso documento (leyó solo interrumpida por cánticos y aplausos durante 55 minutos) en el escenario. A su lado estaba sentada Nora Cortiñas. A ambas las rodeaban las representantes de todas las organizaciones y colectivos que dieron forma a la tercera Ni Una Menos.
El documento tuvo una muy fuerte carga de denuncia contra la violencia machista. Muere una mujer o travesti o lesbiana, por día por ser lo que son. Las cifras no sólo no se redujeron sino que se incrementaron desde que se realizó la primera Ni Una Menos, el 3 de junio de 2015. También se cargó contra la responsabilidad del Estado en su ausencia en la protección de las mujeres, por el levantamiento de los programas de Educación Sexual, por el desinterés en las muertes de mujeres provocadas por la realización de abortos clandestinos (la Iglesia se llevó también sus cánticos). Se planteó que no hay Ni una menos si hay mujeres presas por mujeres. Milagro Sala e Higui fueron los nombres de estos reclamos en representación de una multitud de mujeres que pueblan las cárceles. También contra la falta de igualdad en las posibilidades económicas (perder la autonomía económica significa preparar a las mujeres para ser sometidas y víctimas).
“¡Nos mueve el deseo!”, gritó Dauness y le respondieron con aplausos y vítores. Y cerró al grito de “¡Viva el 3 de junio, día de la lucha del movimiento feminista en Argentina, en América latina y en el mundo! Estamos de pie! Que vivan la lucha contra el patriarcado y el neoliberalismo. Ni una menos. Vivas y libres nos queremos!”, cerró el multitudinario acto.
Lo habían logrado otra vez. Solas, pero todas, sin apoyo de estructuras. El escenario móvil desde el que se dirigieron a la Plaza de Mayo, lo habían contratado entre todas las asambleístas, juntando el aporte de cada una. Una revolución horizontal.