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en San Luis

2015-10-16 Nacionales

Abuelas de Plaza de Mayo

Murió Aurora Zucco de Bellocchio


Era una de las integrantes más antiguos de Abuelas de Plaza de Mayo. Es velada en el Auditorio de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, en 25 de Mayo 552, a partir de las 20:30 de ayer.

El 1 de enero de 2010, Marta Dillon tituló la crónica de la aparición de su biografía "El parto de Aurora", que Página/12 reedita ahora como homenaje:

“Pero ante la desaparición de Irene no me resigné. Y el corte con la inercia de la resignación me permitió también llevar adelante, progresivamente, otras rupturas. Desde la actitud de búsqueda y lucha por encontrar a Irene y de hacerme cargo de Carlitos, hasta asumir el deterioro real y definitivo de mi relación con Piri. Desde mi radical cambio en cuanto a la visión de la Iglesia como institución –sin perder mi fe– hasta una reacción mucho más firme de enfrentamiento con las actitudes de mi familia. Y, especialmente, el fin de la resignación implicó transformarme de madre abnegada de siete hijos en Madre de Plaza de Mayo”. El párrafo se lee sobre el final del libro de Aurora Zucco de Bellocchio, Pelear la vida. Así explica esta mujer de más de ochenta esa frase que no puede escucharse sin sentir el desgarro en el cuerpo aun cuando se haya repetido incasablemente: “Nuestros hijos nos parieron”. Así fue para Aurora, madre de ocho hijos y también de uno de sus nietos, Carlos, hijo de Irene y de Roly Pizzoni, desaparecidos los dos en 1977 siguiendo la rutina del allanamiento, el secuestro, la deshumanización del campo de concentración, el exterminio. Así fue para ella que recupera la memoria de su vida desde que era una joven con deseos de artista pero que aprendió a obedecer antes que a ninguna otra cosa: obedeció a sus padres cuando le negaron la posibilidad de estudiar lo que quería porque no correspondía que una señorita se dedique a las Bellas Artes, los siguió obedeciendo en silencio cuando la trataron de prostituta por un beso robado a la sombra de un galpón y también cuando le prohibieron caminar hacia la Plaza de Mayo con otras operarias de una fábrica textil que hicieron historia el 17 de octubre de 1945. Esa obediencia contra la que logró rebelarse gracias –es discordante la palabra, es cierto– a la desaparición de su hija Irene marcó su vida y su cuerpo: la iglesia en la que ella se refugiaba la cuestionó duramente cuando siendo todavía una jovencita cometió la osadía de intentar “cuidarse” para gozar del matrimonio antes de ser madre. No pudo decidir a quién obedecer, si a su iglesia o a su marido y así los partos, la lactancia, la culpa cuando no pudo amamantar como quería, la muerte de un bebé, los kilos de ropa que lavaría por día, todas las comidas servidas, las noches en vela; todo eso se fue acumulando en un cuerpo que hablaría a su tiempo a través de, vaya paradoja, caídas. Sí, caídas, así de literal y de absurdo, justo cuando a su alrededor esa palabra significaba la desaparición y la muerte, ella se caía y acumulaba cicatrices en su cuerpo. Y sin embargo, cada vez, Aurora supo levantarse. Supo vencer la parálisis del dolor, juntarse con otras, cuidar a ese nieto que aprendió a decirle “mami” aun cuando sabía que su mami estaba en un lugar desconocido de donde soñaba rescatarla disfrazado de militar. La impotencia se acumula al leer su historia, hasta el exacto momento en que ella ya separada de la resignación y la obediencia que la habían signado, en un taller con otros familiares de desaparecidos en Barcelona dijo en voz alta lo que querría ser si naciera de nuevo: “Prostituta y estéril”. Una reflexión filosa como un látigo que condensa lo que tantas veces había callado. Aurora hubiera deseado conocer otras formas del amor, pero tuvo ésta. La de los hijos y las mesas tendidas, la de dar hasta convertirse en invisible, motor de una casa que contaba con ella sin notar siquiera que alguien hacía el trabajo. Ahí está ahora todo ese trabajo, en 157 páginas que recogen la historia de una mujer común que se recuperó a sí misma tratando de recuperar a su hija. Dedicado a sus hijos, nietos y bisnietos. Para que sepan, para que vean, para que entiendan. Una devolución tan amorosa como todos sus gestos, aunque también una declaración de independencia, como si recién ahora fuera capaz de decir “ésta soy yo, ésta es mi historia”. Y es, por supuesto, la historia de un país y la historia de la gesta de esas mujeres que ataron un pañal blanco a su cabeza en el país del terror para convertirse en señuelo de quienes busquen dignidad.




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