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en San Luis

2019-04-16 Nacionales

Los crímenes en La Tablada

“Fueron los 15 minutos con más terror en mi vida”


“Las fotos tienen poder, el poder de una mirada honesta”, observó el fotorreportero Eduardo Longoni, autor de la secuencia de fotografías determinantes para correr el velo de la impunidad sobre los crímenes de lesa humanidad que cometió el Ejército en la recuperación del regimiento de La Tablada, en enero de 1989. Lo hizo luego de escuchar la sentencia que condenó a prisión perpetua al jefe del operativo, general retirado Alfredo Arrillaga, por el homicidio con alevosía de José Díaz, como culminación del primer juicio por estas violaciones a los derechos humanos que incluyeron la tortura, el fusilamiento y la desaparición de los cuerpos de cuatro militantes del Movimiento Todos por la Patria. “Daniel, el hijo de José Alejandro Díaz, que vive en Nicaragua, pudo desahogar su dolor presenciando el juicio. Y hoy yo no pude contener las lágrimas comprobando cómo, este oficio de fotógrafo que abracé casi desde adolescente, a veces sirve para desentrañar horribles crímenes”, dijo Longoni.

Pocas horas antes había estado en San Martín, como siempre sacando fotos pero también como una cita de honor. “Ese es Eduardo Longoni, el de las fotos”, señala uno de los sobrevivientes del ataque al cuartel de La Tablada a sus hijos, en el sector del público que coparon casi por completo los familiares de las víctimas, y quienes salieron con vida del asalto con el que el MTP pretendían “frenar un golpe y levantar al pueblo”, luego de tres intentos carapintadas que habían abierto la puerta a las leyes de impunidad para el juzgamiento de los crímenes de la dictadura. “Empecé a fotografiar en la época de la dictadura, en 1979 cuando salí del secundario. Siempre pretendí que contara lo que estaba pasando, que fuera un granito de arena para aportar a ese concepto tan abstracto que es la libertad, y en dictadura luchando contra ella, poniendo la cuota que puso cada uno”, dijo a PáginaI12 durante el cuarto intermedio previo a la lectura del veredicto. “Después cuando las fotos sirven para un juicio eso escapa de las manos del fotógrafo, en ese momento era la foto de dos bandos en pugna y representaba ese día tan horroroso, eso que nunca había vivido en Argentina, una batalla, casi una guerra a pocos kilómetros de la Plaza de Mayo”, agrega.

–¿Así fue que te fuiste vinculando con los familiares?

–Es inevitable, la fotografía te vincula con gente. Los fotógrafos tenemos la idea de pasar desapercibidos, de estar en puntas de pie y que sea la cámara la mirada que opine, una pequeña ventanita para que los demás vean. Mi objetivo siempre fue estar en un lugar para que la mayoría de la gente que no puede estar pueda verlo. Y eso te vincula con gente, con las Madres de Plaza de Mayo, de darles las fotos para que ellas las pudieran sacar clandestinamente de Argentina y que se pudiera correr el telón de lo que pasaba. En este caso con el hijo de alguien que yo fotografié sin saber quién era, se transformó en un desaparecido y acá estamos pidiendo justicia.

–¿Fueron sólo ocho fotos? ¿Cómo llegaste a La Tablada?

–Llegué pensando que era un alzamiento carapintada, todos lo pensábamos porque veníamos de otros tres, el último de Seineldín en diciembre de 1988 y llegué pensando que era uno más, pero enseguida me di cuenta que era otra cosa. Nunca había habido un tiro, lo más que pasaba podía llegar a ser un insulto de los leales a los carapintadas. Me quedé los quince minutos con más terror que tuve en la vida tirado en la avenida Crovara porque no podía levantar la cabeza. Había que buscar una posición en altura para intentar hacer las fotos. Llegué a una terraza, le pedí a un vecino, le rogué, me dejó entrar a una loza. Sentí como una voz del más allá, pero en realidad era un francotirador del Ejército que me dijo “flaco tirate cuerpo a tierra porque te van a volar la cabeza ahí donde estás”. Y fue él quien me iba narrando lo que pasaba, fue quien me dijo que había unos ‘zurdos’ que habían entrado al cuartel. Mi posición quedó ahí, donde estaba el edificio de la Guardia de Prevención que estaba siendo bombardeado todo el tiempo por las tanquetas. Los fotógrafos siempre apostamos a que algo tiene que pasar, y desde ese lugar pude hacer la foto de los guerrilleros que saltan. Años después pude ponerle nombres, enterarme que José Alejandro Díaz e Iván Ruiz eran dos de los desaparecidos. En esa época trabajaba freelance, me había ido de Noticias Argentinas que fue mi cuna del fotoperiodismo y tenía una agencia propia. Trabajaba mucho para la revista Veja, y acá esas fotos salieron en la revista Gente, Siete Días y una revista española las distribuyó por Europa.

–Los militantes del MTP que se rindieron sabían dónde había una guardia periodística en uno de los accesos, pero no estabas ahí.

–No, estaba en una terraza perdida, era una posición de un francotirador del Ejército, estaba ahí porque le rogué al dueño, somos muy pesados los fotógrafos para conseguir lo que queremos. El tipo tenía sus razones para no dejarme entrar, tenía su terraza ya tomada por el Ejército, desde esa posición solitaria pude hacer esas fotos.

–¿Tenés claro que esas imágenes fueron esenciales en el juicio para dar vuelta la versión oficial de que los desaparecidos se habían fugado?

–Los fotógrafos de prensa hacemos fotos para mostrarle a la mayoría de la gente que no puede llegar a un lugar qué es lo que está pasando, después esas fotos se nos van de las manos, toman vuelo propio. Algunas de mis fotos de las Madres se hicieron del pueblo, de la lucha popular y otras se hacen documento judicial, cuando hacés click con la cámara no sabés qué pasará después.

Longoni sabe que esas ocho fotos fueron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que en 1997 determinó que había que investigar qué sucedió en La Tablada, que podía ser mentira que los cuatro militantes desaparecidos no se habían fugado como dijo el Ejército para cubrir esos asesinatos y los demás crímenes que cometió. En 2002 la Corte Suprema ordenó reabrir el caso, en base al material gráfico que tuvo como prueba. En la actualidad, el fotógrafo dicta talleres y usa alguna de las redes sociales sólo cuando siente que fue parte de un momento conmovedor, y se referencia inmediatamente con el presente del oficio. “Pienso en la nueva generación de fotógrafos a los que ahora les toca estar en la calle, en la poderosa herramienta que tienen en sus manos. En estos tiempos turbulentos y plagados de injusticia y desánimo hay que fotografiar”.




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