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2018-03-08 Nacionales

Le entregó el Gobierno a Alfonsín

Murió Bignone, el último dictador


El genocida Reynaldo Bignone, último presidente de la dictadura, falleció este miércoles a los 90 años en el Hospital Militar, donde había sido internado el pasado martes, mientras cumplía prisión perpetua en una de las diez causas en las que fue condenado por crímenes de lesa humanidad.

Bignone fue el último jefe de Estado de la dictadura militar que usurpó el poder entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983, cuando le entregó el mando al presidente Raúl Alfonsín, vencedor de las elecciones de ese año.

Ocho días después de la muerte del también genocida Luciano Benjamín Menéndez, Bignone murió cuando cumplía arresto domiciliario en un edificio de Luis María Campos y Dorrego, en el barrio porteño de Palermo, desde donde el pasado martes fue trasladado de urgencia al Hospital Militar.

Hace un año, el Tribunal Oral Federal 1 de San Martín le había impuesto la pena de prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad de los que fueron víctimas soldados que cumplían el servicio militar obligatorio en el Colegio Militar de la Nación entre 1976 y 1977, en un juicio en el que también fueron condenados otros seis represores.

Con esta última sentencia, había sumado tres condenas a perpetua y otras siete de al menos 15 años de prisión.

También fue condenado a prisión perpetua en 2011, en la causa Campo de Mayo III, y en 2013, en un juicio por delitos de lesa humanidad cometidos contra 23 víctimas, entre ellas siete mujeres embarazadas que dieron a luz en maternidades clandestinas.

Además, en otros juicios, fue hallado culpable de crímenes del terrorismo de Estado cometidos en diversos centros clandestinos de Campo de Mayo y en el Hospital Posadas, en el Gran Buenos Aires, y se acreditó su responsabilidad en la apropiación de hijos de desaparecidos y en el Plan Cóndor que coordinó la represión ilegal de las dictaduras sudamericanas.

Como jefe de la Zona 4 área 480 de la represión, con jurisdicción en Campo de Mayo, tuvo a su cargo centros clandestinos de detención y exterminio como El Campito, La Casita, el hospital castrense y la Cárcel Militar, todos en la mayor guarnición militar del país.

Campo de Mayo fue, junto a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), en el norte porteño, y La Perla, en Córdoba, uno de los tres mayores campos de concentración y exterminio de la última dictadura.

Antes de abandonar el Poder Ejecutivo, Bignone sancionó la ley 22.924, llamada “Ley de autoamnistía”, que otorgaba impunidad a todos los miembros de las Fuerzas Armadas por los crímenes cometidos entre el 25 de mayo de 1973 y el 17 de junio de 1982.

El día que Bignone recibió a Carlotto

Tras la muerte del último presidente de la dictadura, Reynaldo Bignone, quien antes de entregarle el Gobierno a Raúl Alfonsín firmó un autoindulto que pretendía exculpar a todos sus camaradas por los crímenes cometidos entre 1976 y 1983, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo recordó la entrevista que mantuvo con el genocida en diciembre de 1977 mientras buscaba a su hija Laura, secuestrada un mes antes.

En diciembre de 1977, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, quien buscaba a su hija Laura, secuestrada un mes antes, embarazada de tres meses, fue recibida por el entonces secretario de la Junta Militar, Reynaldo Bignone, a quien le pidió que no matara a su hija, estudiante de historia y militante de la Juventud Peronista. El genocida no solo dio por sentado que las Fuerzas Armadas mantenían secuestrada a su hija sino que respondió “Hay que hacerlo”. Durante el encuentro, el militar mantuvo sobre su escritorio un revólver con la culata de madera muy lustrada.

Cinco meses después, el 25 de mayo de 1978, Bignone le entregó a la familia el cuerpo de Laura “para mostrar eso del `honor´ de un asesino”, según relató Carlotto en una entrevista con el diario La Nación, en 2006.

En 2014, dos meses antes de encontrar a su nieto Guido, durante una de las audiencias del juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino de detención conocido como La Cacha, Carlotto recordó sus impresiones de aquel encuentro con Bignone de 1977.

“Él ya era secretario de la Junta Militar. Antes de verlo, me sometieron a terribles controles de seguridad. Me recibió en su despacho, a solas, con un arma sobre el escritorio, como ridícula ostentación de fuerza”, comenzó su relato la titular de Abuelas el 4 de junio de 2014 ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal número 1 de La Plata. Carlotto, quien conocía a Bignone, aseguró en el juicio de La Cacha que el día en que la recibió "enseguida noté que ese hombre era otra persona, muy distinta a la que había conocido en Castelar. Era algo así como un loco suelto”.

“Le conté mi drama. Reaccionó descontroladamente”, prosiguió Carlotto. Luego, contó que Bignone le preguntó "señora, ¿En qué andaba su hija?”. Después pronunció una serie de frases sin sentido, que pretendían responsabilizar a Laura. “Fíjese, les hemos dicho que se entreguen voluntariamente y que les reducimos la pena y los ponemos, en esos casos, en cárceles especiales, que existen realmente. Yo le doy fe que existen… Pero no, no hay caso… Siguen y siguen”, le advirtió el ahora fallecido último dictador de la era militar.

Carlotto salió de aquella reunión del 77 “derrotada”. “Yo le planteé que sólo le pedía que no me la mataran, que la pasaran a disposición del Poder Ejecutivo, que si había hecho algo, yo la iba a esperar, pero no me dio muchas esperanzas”, contó. La “historia oficial” sostenía que Laura nunca había estado ni detenida ni embarazada, y que había sido abatida mientras circulaba en un coche, armada, y que había querido eludir un control policial.

Años después, Carlotto pudo confirmar que fue asesinada de espaldas y a 30 centímetros de distancia. Las marcas en los huesos de la cadera confirmaron también que había tenido un niño a término.

En aquel encuentro de fines de 1977 con Carlotto, Bignone aludió a las diferencias entre las Fuerza Armadas argentinas y la persecución a los tupamaros uruguayos: “Nosotros no queremos que pase eso. Y entonces, `hay que hacerlo´”. Allí Carlotto tomó conciencia de que no volvería a ver a Laura. “Al decir `hay que hacerlo´ estaba diciendo una sola cosa: matarlos. Bueno, ahí me agarró la desesperación, cuando caí en la cuenta de las perspectivas reales que tenía Laurita por delante”, recordó la abuela de Ignacio Guido Montoya Carlotto.

"Esa conversación, más la experiencia vivida por mi marido -que veía cómo los mataban prácticamente al día siguiente del secuestro- me convencieron de que mi hija ya estaba muerta. Entonces le dije… `Si ya la mataron, lo que quiero es que me devuelvan el cuerpo, porque quiero enterrarla cristianamente, para no volverme loca buscando en las tumbas NN´”, relató Carlotto en el juicio de la Cacha. La respuesta de Bignone fue "deme más datos, cómo le decían, qué apodo de guerra tenía”.

“Esa es la prueba evidente de que los mandos tenían toda la represión bajo su control… Salí de esa entrevista derrotada. Pero no lloré delante de Bignone, para nada. Ni le rogué, tampoco. Simplemente fui a pedir, con toda dignidad, por la vida de mi hija”.




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